13/06/2010

Hablemos de cine

Estaba yo ayer por la noche viendo una película de estas de acción en la televisión. El argumento de la película estaba bien, pero eso sí, la película era mala de cojones. Tenía algunas partes en las que no se las creía ni los propios guionistas, y claro, ante esa masacre de imágenes subrealistas, y tales como el choque frontal de un coche, del cuál el personaje en cuestión sale ileso y el coche no tiene ni un arañazo, observé cosas... Muchas cosas.

En las películas de acción se dan una cantidad de tópicos impresionantes. No puede faltar el típico "salvo a la víctima justo antes de que explote el coche o de que se rompa el ascensor y caiga en picado destrozándose en mil pedazos", o el "yo soy sólo uno y los demás son como 50 o 60 personas, pero se ponen todos en círculo rodeándome y me vienen de uno en uno a atacarme". Unos clásicos, claro...

Pero hay uno que me llama especial atención, y que por supuesto, nada más verlo y escucharlo, se me abrieron los ojos y dije: "Yo tengo que escribir sobre esto". Se trata de un personaje, pero no del protagonista, ni del malo... Ni siquiera se trata de la mujer angustiada del protagonista. Es más, no creo que la mitad de las veces os enteréis de que ese personaje esta ahí, pero lo está, y muy presente además. No juega un papel importante, ni mucho menos. Es más, sólo tiene que decir una única frase antes de que muy posiblemente muera.

Normalmente puede ser una mujer (que en ese caso no importaría aspecto físico) o de un hombre, que se suele tratar del típico trabajador que sólo vive para trabajar, no tiene amigos, es feo de cojones, y no habla con nadie. Es decir, a uno que le hacían bulling de pequeño en el colegio.

Hasta el momento quizás no haya aparecido en todo el film (que variedad de tecnicismos, oiga), y si lo ha hecho, no os habéis dado cuenta. Pero en el momento de máxima tensión: ese en el que la bomba está a punto de estallar, ese en el que el secuestrador está a punto de matar a alguien, ahí es cuándo suelta él su frase estelar, su aparición que quizás le catapulte al mundo del estrellato, o que le estrelle contra el mundo del anonimato. En ese momento es cuándo el suelta su frase: "Vamos a morir todos".

No falla. Siempre habrá alguien que lo diga. Un listo al que le dan ganas de decirse: "Gracias, no lo sabíamos". Pero, sin embargo, esto es una simple alusión a la tensión dramática del momento. Desde el momento que esta frase retumba en nuestros oídos, sabemos con certeza que nadie morirá, y si pasa, el fallecido será el malo.

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